miércoles, 28 de agosto de 2013

Lo mal que se me da empezar las frases, y lo bien que se me da estar loca por ti.

Hoy voy a hablaros de amor. No de los seis meses que llevo sonriéndole a dos centímetros a mi mejor amigo, si no de los dos años que lo llevo sintiéndole como un hermano.

Nadie tiene ni idea de lo que es verle asomarse a la ventana cuando hemos quedado.
Ni él mismo sospecha la cantidad de veces que me ha leído la mente, haciendo exactamente lo que me moría de ganas que hiciese.

Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero *portazo*
Ojalá se asomase a la ventana y me lo dijera una vez más...
Te quierooooo.

Ahí estaba, como si me hubiese oído desde ahí arriba.

Lo juro, cuándo notéis sus manos enjabonar vuestra espalda, los brazos, el pecho y el culo, entonces habladme de amor. Porque yo nunca había sentido tanto cariño por unas caricias.
Nunca había deseado tanto dormir abrazada a alguien. Notar su contacto constantemente.
Nunca me había sentido tan vacía con el simple gesto de soltarme la mano para coger su móvil.
 Porque si esto que yo siento no es amor, podéis meteros vuestro enamoramiento por el culo.
Creo que me he enamorado de una cama, mil canciones, un sofá y de los besos de banana split.
De las duchas acompañada y de las despedidas en el portal.
De sus manos duras y suaves, que son las que quiero enroscadas a mi cintura.

Hace ya casi dos años que le necesito a mi lado, sus abrazos y sobretodo su sonrisa apareciendo por cualquier sitio. Es mágica, puede quitarme toda la mierda de todo el día con tan sólo doblar la esquina o subir por las escaleras con esa sonrisa que podría iluminarme veinte campos de fútbol.

Es como si el resto no existiera, es como si todo el tiempo se parase a su alrededor. Es como en las pelis, pero a mi me lleva pasando dos años.

Sí, soy la chica más afortunada del mundo, porque tengo un novio, un mejor amigo y un hermano. Y los tres huelen a casa y me besan la nariz con tanto cariño que juraría que el corazón se me para.

           Gracias por todo, mi mapache.

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